Fragmento del libro "mar de emociones"

El rayo

Por Daysy Colorado Hurtado

Eliana era alegre, divertida y se destacaba por su buen sentido del humor, pero tenía un gran defecto… era rencorosa a morir.  El que se la hacía, se la pagaba. 

Ella venía notando a su esposo un poco extraño, actuaba de una forma que no era propia de su personalidad; cantaba en la ducha, se miraba al espejo varias veces antes de salir, acomodaba su ropa, se perfumaba más de la cuenta, cuidaba su figura y hasta combinaba los colores de las prendas. Era tan grande su transformación que hasta empezó a hacer dieta y ejercicio para lograr un mejor cuerpo. Sumado a esto comenzó a llegar tarde del trabajo y se justificaba sin que le preguntaran. 

Para completar ese cambio, por todo se enojaba y a Eliana ni la miraba. Siempre estaba cansado para hacer el amor y dejó por completo de echarle piropos y decirle cosas bonitas, como lo hacía antes.

—«Tengo que cambiar de actitud con Alfonso —pensaba Eliana—, de pronto la rutina lo está haciendo actuar así o, ¿será que tiene otra mujer? —Se preguntaba y se respondía al mismo tiempo que no, porque ellos se amaban.  

Una tarde, Eliana decidió prepararle una cena especial a su esposo. En la mesa colocó velas rojas y la vajilla que sólo utilizaban en navidad. Puso una botella de vino tinto que sabía que a él le gustaba. Y antes de que llegara, se arregló de forma coqueta, vistió un babydoll rojo encendido, de esos que invitan a la acción devoradora de la pasión. 

Puso una música suave que jugaba perfectamente con la luz tenue que iluminaba delicadamente la estancia. Cuidó cada detalle, para que la velada fuera espectacular y se sentó a esperar a su amado, pero transcurrieron las horas y él no aparecía. 

Tras una larga espera, a ella le dio hambre y sueño, así que se tomó una copa de vino y picó algo de la comida, mientras pensaba cuál sería el motivo de su tardanza. 

Sus ideas fueron interrumpidas, al escuchar las llaves en la cerradura. Alfonso llegó pasada la medianoche, y venía tarareando una canción. 

Al abrir la puerta y ver la decoración, se desdibujó su rostro. Se enojó con su mujer, apagó la música, las luces y se acostó. Eliana muy sorprendida por la grosera actitud de Alfonso, no atinó a decir algo. Pero al rato sintió como si una corriente eléctrica recorriera su cuerpo de la cabeza a los pies y reaccionó agresivamente; se lanzó hacía él, lo encuelló y lo amenazó gritando:

—¡Más te vale que no me estés engañando!, porque si lo haces te mato. ¡Te juro que te mato!, desgraciado —le repitió— ¡Te mato! 

Él, se asustó, pidió disculpas, recordó que ya una vez ella lo había apuñalado, cuando lo descubrió en la cama con otra mujer. Esa vez tuvo suerte y su mano izquierda fue la que recibió el puñal que iba directo a traspasar su corazón.

—¡Perdóname! —Exclamó desconcertado— Perdóname, simplemente estoy extenuado de tanto trabajar.

—Más te vale que sea así.

—Hubo mucho trabajo en el taller, por eso me demoré en llegar.

—Está bien, te creo —dijo Eliana, no muy convencida.

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