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Por: Ana Elizabeth Patiño Ortiz

“Lo seguro en la vida, aparte de la muerte y los impuestos, es el cambio”

“Por qué contentarnos con vivir a rastras, cuando sentimos el anhelo de volar”

“Vivir es lo único por lo que merece la pena morir”

Veinte años atrás, durante una de las múltiples sesiones de pareja que tuve para salvar mi matrimonio, el psiquiatra me preguntó “¿Por qué lo había escogido? Si él era tal como se muestra hoy: desconfiado, hosco, agresivo, renuente y, si yo era como me muestro ahora, ¿conciliadora, alegre, confiada? ¿Qué es lo que quería, esperaba o buscaba?”

Ya sabemos cómo son esas sesiones psiquiátricas, donde te escarban el alma, en un bla, bla, bla a pedazos, del antes y del ahora, en sesiones cronometradas, individuales o conjuntas que no avanzan, pero te mantienen con la ilusión de que en alguna parte —revisando lo olvidado— encontrarás las respuestas.

Así que, ya al final del tratamiento, desgastada con el tiempo en círculos de ida y vuelta me deja el siquiatra con esas preguntas y me voy sin arreglo, acuerdos, ni nada.

En fin, esto es sólo el pretexto para comenzar mi relato, con el punto de llegada a las respuestas deseadas casi 20 años atrás.

Intenté encontrar el porqué, la verdad sea dicha; de manera vaga, siempre busqué respuestas para cerrar los ciclos pesados y negativos. Pero sólo ahora siento que lo tengo más o menos claro, más o menos comprendido y que me satisface lo que he encontrado; entiendo un poco más mi vida y la opción que tomé, así como las decisiones que desde entonces he tomado.

“La mejor decisión tomada es justamente tomar la decisión”
Hoy, que he recibido un nuevo campanazo o lección y pareciera no haber avanzado mucho en lo vivido y aprendido. Hoy le encuentro sentido a esa cuestión que se quedó dormida en mi interior por tantos años vagando en el limbo.

¡Hoy que desperté!, y me hallé de nuevo situada frente a mi camino, con la necesidad de decidir, e hice un alto y me adentré en el despertar consciente.

Volví a pensar y descubrí que:
“Sólo sabe que ha llegado quien sabe para dónde va”.

Me siento ahora oyendo la voz de mi conciencia y me encuentro maestra ensanchada porque descorro el velo, —un velo más— y me doy el des-trancón o des-atoro que me traía ciega, muda y sorda.

Surge así este caudal de letras que quieren transmitir y compartir algo sobre el aprendizaje y la experiencia; sobre el pensar consciente y sobre el creer en ti misma.

Es que vivimos la mayor o la total parte del tiempo en “Piloto automatico”. Y además, en una “carrera de las ratas”, atrapados, acomodados y amaestrados para hacer uno y cada día un día más de lo mismo y lo de siempre.

Amamos el confort, que nos deja anclados en lo conocido, en lo que nos gusta o no, pero que igual, tampoco nos impulsa a algo más, nuevo o diferente.

Nos acomodamos bien a lo que no estorba o estorba poco; nos replegamos al menor esfuerzo, a la vida muelle, al mañana será, amanecerá y veremos. Nos RESISTIMOS AL CAMBIO, olvidándonos de los sueños que alguna vez tuvimos, de las ambiciones y de las posibles, diversas opciones y oportunidades.

Por una parte, queremos vivir en la utopía donde nada cueste; por la otra, optamos por vivir en la mediocridad donde podamos pagar cualquier poca cosa.

Vivir en la utopía:
Oh qué belleza y fantasía, la vida es sólo alegrías, ¡sin dolor o sacrificio!
Vida de ilusiones, castillos en el aire, intenciones buenas, suspiros, ¡sin movernos a actuar!
Sueños y quimeras como ganar la lotería, casarse con el príncipe azul, ¡encontrar la fuente de eterna juventud!

Vivir en la mediocridad:
La riqueza, y la abundancia es sólo para unos pocos privilegiados, suertudos o malosos. ¡No es para todos, No es para mí!
Creer que “las uvas están verdes”, y no se pueden alcanzar; no están para comer, son para luego, para más tarde, mejor esperar, ¡es decir procrastinar!
Hay que ser realistas y ponerse a trabajar, dejar de soñar. “¡Soñar despiertos es perder el tiempo!”
Lo que importa es trabajar, no importa en qué o cual, lo que se necesita es estar ocupados todo el tiempo y tener para pagar los gastos, las deudas. ¡Entonces “lo urgente, es lo importante” y hay que sobrevivir conformes con la carga al hombro!
Educados para el facilismo, el “ya ismo”, el “yo ismo”, la conformidad y la uniformidad en el merecimiento y la acción.

“Si tú no eliges, otros lo harán por ti”.

Y así nos acomodamos día a día, a la tarea u oficio, a seguir una ruta trazada por otros, o por nosotros mismos hace mucho tiempo, y a dejar que pase la vida.
Salir de ahí se considera un peligro y hasta un suicidio.

Pero, la vida Sí puede ser distinta; la realidad puede ser otra. Se puede vivir como se desee, y como lo merecemos.

Hay que salir a una zona más amplia para seguir aprendiendo y avanzando hacia lo nuevo, mejores sueños, comprometernos con la aventura de vivir.

La vida es una escuela de enseñanza y aprendizaje permanente en la que todos somos —a la vez— maestros y alumnos.

Tomamos lecciones diarias y también diariamente las damos a quienes nos rodean.

Somos influenciados y somos influenciadores directos o indirectos, todo el tiempo.

Esto me impulsó, cuando lo leí:
“Todos somos maestros y alumnos. Pregúntate qué hemos venido a enseñar y aprender”
—Luisa Hay

Somos maestros y alumnos y hay que preguntarnos todo el tiempo.

Yo supe desde niña que veníamos a aprender y siempre me ha gustado aprender; ser como una esponja que absorbe mayores y nuevos conocimientos (me encanta ser alumna), pero no creía que también había venido a dar, que había algo único y especial que debía y podía expresar y compartir; y menos sabía cómo.

Enseñar “mi vida, mi experiencia”, ¿también? Nadie me lo dijo, o me lo hizo ver alguna vez. Bueno sí, claro, unas cuantas técnicas y teorías de escuela comunico, enseño, como educadora de carrera y profesión, luego de ir a la universidad. ¡Pero de ahí a que me sintiera empoderada para ser maestra de vida y enseñar a otros mi camino como sendero de luz y sombra, con algo importante y valioso que decir, o que dar, la verdad que… No!

“Nunca es mal momento para hacer lo correcto”

“Nunca es tarde para volver a empezar”

Hace muy poco tomé consciencia de la importancia de ser maestro de vida. Nosotros tomamos modelos, seguimos a líderes, adoptamos mentores, casi sin darnos cuenta todo el tiempo. Y de igual manera, eso somos para otros con quienes nos relacionamos, y tampoco pareciera, se den cuenta de cómo también los permeamos.

¿Grave, no? O al menos serio. Vamos ciegos a donde vamos, si acaso vamos a alguna parte. O creemos que vamos sólo con nuestro equipaje y lo peor… siempre de prisa, siempre ligeros, con la mayor levedad del ser, porque sólo decimos, pensamos, y hacemos lo que vemos, oímos y aceptamos; lo que nos dijeron y siguen diciendo los que están en nuestro entorno, sin cuestionarlo, sin darnos cuenta o estimarlo antes de apropiarnos de ello, sólo así, engullendo y tragando entero.

Si empezáramos a valorar el tener mentores, coachees, o mejor, si escogiéramos a nuestros maestros a consciencia, tendríamos mayor aprovechamiento de la realidad que construimos, y dejáramos un rato de orientarnos en automático.

“Eres el promedio de las cinco personas con las que pasas la mayor parte del tiempo.”
—Jim Rohn

¿Has oído el refrán? Imagínate, sólo cinco personas determinan quién eres.
¿Sabes tú quienes son esas 5 personas en tu vida? ¿Están todas las que son? ¿Son todas las que están? ¿Te interesa saberlo? ¿Te surgen dudas al menos?

Pocos, clara o fácilmente respondemos o nos preguntamos siquiera esta cuestión.

Y menos identificamos los impactos mentales que tenemos, el alimento intelectual con el que nutrimos la mente y el espíritu. ¡Lo que leemos! Para también constatar el promedio de esas influencias. ¿Qué leemos? ¿Qué le estamos inyectando a nuestro cerebro? ¿Con qué lo estamos programando y reprogramando?

Tiene sentido asumir plenamente que somos alumnos de la vida que vivimos, tanto como maestros de ella.

Saber que somos como faros que iluminan a los que están cerca, a los que nos rodean es valioso. Y también saber que somos como sombras que opacan o tiñen lo que tocan a su paso, sin darnos cuenta.

En todo caso, somos modelos que afectan e impactan la vida de otros. Y otros modelos igual nos influyen y determinan.

Pregúntate que has venido a dar, a compartir, a mejorar en la vida de otros. Y también qué has venido a aprender, conocer y hacer en la tuya.

De todo esto se deduce que la vida nos da dos cosas: lecciones y regalos; o regalos y lecciones, no importa el orden. Es todo lo que tenemos y recibimos como maestros y alumnos de la vida.

Cuando somos maestros estamos dando y recibiendo REGALOS, o sea alegrías, satisfacciones, beneficios, premios, y merecimientos. Y con ellos nuestra vida se ensancha, fluye, nos hace disfrutar y sonreír.

Cuando somos alumnos estamos aprendiendo lecciones; estamos recibiendo y pagando las ENSEÑANZAS, trabajando en nuestro crecimiento y desarrollo; aquí encontramos las dificultades, los problemas, las incomodidades, y los retos. Con esto pagamos un precio, asumimos los costos del esfuerzo, las penas y los dolores como una obligación o crédito a nuestra cuenta.

“La mejor manera de salir de una dificultad es atravesarla”.
“Lo que te reta te fortalece. Si tú no estás fallando en la vida es que estás estancado”.

La vida cambia porque está viva. Todos los días no son iguales, la vida nunca es igual, ni fácil; la vida se va gastando, como se va gastando todo lo que vive, lo que se mueve y fluye, como el hombre.

Y eso que cambia, que es distinto a cada paso, nos cambia también. Lo que fue, lo que hicimos o vivimos hace un instante ya no es o existe ahora. Y nos obliga, queramos o no a cambiar. No nos deja igual y si no nos movemos, si nos resistimos, pues igual se moverá y nos dejará atrás. Iremos sobreaguando, o como decimos, sobreviviendo como alumno que necesita aprender en carne propia, repitiendo una y otra vez la lección.

El costo de la vida es diario, variable y en incremento. Todos pagamos ese costo de vivir, aunque nos hayan dicho que “cada quien trae el pan bajo del brazo”, y que entonces todo se dará. Dicho que encierra la sabiduría popular por cuanto cada uno viene a sembrar sí, y ayudar en la cosecha con su trabajo, aunque no siempre sea con el sudor de su frente.

¡Pero, que sea fácil vivir o gratis… es solo utopía!
Hay que tomar consciencia, asumir la responsabilidad y actuar.

Hay que descorrer los velos que no nos dejan ver más allá; que nos impiden volar; que atrapan los sueños en los imposibles; que nos cortan las alas para dejarnos en el barro comiendo las sobras que quedan por el miedo.

¡Hay que incomodarnos más! ¡Fastidiarnos más!

“No sueñes tu vida, vive tu sueño”.

“Piensa diferente”, decía Steve Jobs.

“El que nada debe, nada hace. Actúa ahora”
—Jurgüen Clarik

Sí, pensar diferente acerca de los fracasos, del miedo, del pasado, del trabajo, del riesgo, del rechazo, de la aceptación social y de la educación, entre tantas otras cosas que convertimos en paradigmas, haciendo todo difícil de cuestionar y/o cambiar.

El cambio es empezar de nuevo; abrirse al “sacudón”; ampliar nuestro campo de acción; usar un radar para ver con ojos nuevos, oír mejor, y sentir más. Es inquietarnos y cuestionarnos.

Por eso tenemos más que los 5 sentidos, si contamos con los sentidos internos, entre ellos la mente, que es la de mayor percepción.

El cambio llega y nos cambia; nos hace clic y nos despierta cuando dejamos de resistirnos a él y oímos lo que nos incomoda, lo que causa dolor, angustia e inquietud.

Es una señal que se prende, una alerta, una tarjeta amarilla que pide ATENCIÓN, revisión y si es posible, mejor una parada —un stop—.

En vez de ello, nos quedamos perplejos con las cosas, sensaciones, situaciones y vivencias que nos ocurren a diario; preferimos seguir de largo muchas veces sin hacer ruido, ni espasmo, así estemos atorados; preferimos acallar esa “voz”, esa sensación interna que reverbera confiando, y rogando porque mañana o más tarde todo siga igual; todo vuelva a su cauce, para no actuar.

Pero, no es desde la mirada de la comodidad, del statu quo, del dejar pasar para que no moleste algo, o genere reacción, que vamos a cambiar, que podemos aprender a dar o recibir, ni que podremos crecer y mejorar.

Sólo si aceptamos que el cambio nos fastidia, incomoda, desajusta, y desbarata muchas veces lo que hemos hecho, ¡nos abrimos al camino de la transformación!

No debemos resistirnos tratando de impedirlo. Ni dilatarlo aferrados al pasado. No debemos ignorar su llamado, y rechazarlo.

“Cuando menos lo esperamos, la vida nos coloca delante un desafío que pone a prueba nuestro coraje y nuestra voluntad de cambio”.

Entonces, por qué quedarnos en la zona de confort; en más de lo mismo sin arriesgarnos; en “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, como dice ese otro refrán para miedosos.

¡Mejor vencer los miedos! Esos temores que han sido heredados y cargados en nuestra memoria como los fantasmas y ogros que de niños nos acechaban y que tal vez aún nos paralizan.
No digo perder el miedo, no… el miedo hace parte de nuestra dualidad; habita naturalmente en nosotros, se instala cómodamente en lo profundo de nuestras células y nos acobarda y aplaca para sobrevivir y adaptarnos.

A mí, personalmente, los miedos y temores, producto de mi educación familiar y escolar, de la herencia cultural, me han acompañado acallando mi voz, haciendo temblar mi cuerpo, estallándome en llanto, confundiendo mi espíritu, venciendo mi temple, quitándome la fe y la confianza.

Pero ya hoy reconozco que vienen conmigo y habitan en mí; que son múltiples y siempre están rondando; ya presiento sus pasos, ¡identifico sus señales y he aprendido a vencerlos cuando me asumo como protagonista de mi historia, cuando los dejo salir y uno a uno los voy enfrentando!

Qué bien se siente una cuando logra control y los vence. Cuando ha ganado una batalla. Cuando ha dado un paso adelante a pesar de ellos.

Cuán agradecida me he sentido por haber salido —cuando he salido, que no ha sido siempre— de su dominio. Cuánta fuerza y valor recobrado. Y con ellos, cuánta paz y serenidad interior acercándome a la felicidad así fuera agridulce.

Creer en sí mismo, es descubrir que en el fondo o en la esencia interna vive una valiente. Hay una guerrera; una salvaje original que insufla valor.

Si te arriesgas, si aventuras, si tienes fe en ti y te lanzas a enfrentar tus miedos, ¿sabes qué obtendrás por mal que te vaya? CONFIANZA, SEGURIDAD, AUTOESTIMA, APRECIO Y RESPETO a tu ser y a tu valía. Cosas importantes, ¿no?

Esto es un primer paso, no todo, es cierto, pero es un gran paso; un punto de apoyo para impulsarte a la acción y lo que es mejor a tu felicidad.

TOMAR ACCIÓN … ES LA SOLUCIÓN.

“Soldado avisado no muere en guerra”.
“Si me das una palanca puedo ayudar a mover el mundo”.

Otros conocidos dichos populares te advierten y previenen cuando estas despierto en la vida. Y ya sabes que todo vale, que todo tiene un precio y hay que pagarlo.

Si ya ves sin tapujos y escuchas tu voz interior, y a esa guerrera que azota tus miedos, entonces estás listas para avanzar, para dar el virazo, abierta al cambio.

Ya puedes tomar el timón, el mando, y salir del piloto automático. Parar. Desaprender. Recalcular. Reprogramar. Retomar el camino y avanzar hacía las manifestaciones de merecimiento.

Porque actuando pagamos el precio que hemos escogido, o que estamos dispuestos a pagar, y que responsable y valientemente asumimos al enfrentar nuestros miedos, nos exponemos al desacomodo, al riesgo, a un renacer o recomenzar y esto trae crecimiento, desarrollo, oportunidades.

Así adquirimos nuevas visiones de la realidad y podemos avanzar por caminos plenos de aventura en busca de más tesoros.

Esta es entonces mi nueva respuesta a la pregunta psiquiátrica. Este es hoy el por qué me enfrento a los desafíos, me meto en dificultades.

Este es el por qué insisto en tocarme el alma, escrudiñar las entrañas, devanarme los sesos, buscar el mensaje de otros, acercarme a causas con pasión y arrojo con insistencia y persistencia.

Descubrí que esta es mi misión de vida; que vine a superarme cada día; a pagar con valor el precio de mi valía.

Que vine a ser feliz, a ser maestra y alumna de la felicidad; desentrañar la maraña que se enreda en las cavidades secretas del alma y en la desoída voz del inconsciente o subconsciente.

Y con ese bagaje abrir el corazón y ayudar a construir caminos de reconciliación, crecimiento y trasformación de mi mundo, para un mundo mejor, mucho más humano.

Hoy siento que el cambio soy yo y lo asumo con entereza.

“Nada ha cambiado
Sólo yo he cambiado.
Por lo tanto, TODO ha cambiado”.

Porque es el mundo interior el que crea mi mundo exterior.

Porque la mente consciente es solo el 10% de la mente; es la punta del ICEBERT que vemos; pero es la mente subconsciente el 90% de nuestra mente, la que está en el fondo, sin control, en automático, sacando lo que tenemos grabado y aprendido de toda la vida.

Porque en mi mundo interior viven las EMOCIONES y son las que me mueven y le dan sentido a la vida.

Lo externo, lo material son situaciones y circunstancias; lo invisible, interno es mente, es sentimiento, es la divinidad en mí, lo que todo cree y crea.

Por eso hay que abrir esa conexión entre la mente consciente y el subconsciente y sobre todo dejar que piense el corazón.

¡Sólo depende de ti!
“Escapando de la programación negativa, reconstruimos la realidad; a una realidad más próspera, abundante y feliz”.

Formulándote las preguntas correctas a lo que te pasa todos los días, tu mente te dará las soluciones correctas para, ¡Tu Vida! De esta forma empezamos a tener el control.

Es posible seguir la luz de la esencia salvaje y original alojada en tu interior; y la de los seres holísticos, espíritus maestros y guías que comparten el amor, la abundancia, la riqueza y prosperidad de la vida.

El cambio es el camino para fluir con la vida. El empoderamiento del espíritu guerrero en la luz. Y es la puerta que abre el camino de la felicidad.

El despertar de la consciencia trae el cambio.
“No importa cuánto dura la vida, ni cuán rápido pasa. Lo trascendente es lo que hacemos con ella”.

Barranquilla, abril 11 de 2016