Por: Yaneth Calderón Moreno

Él: Esa era la intención mi amada, viajar por los laberintos del alma, quizá más allá de veinte años atrás… al escuchar aquella canción.

Ella: Escudriño en mi pasado y son tantos los laberintos donde anduvo mi corazón perdido buscando la caricia, el beso, la palabra que calmara mis ansias de amar, pero siempre me encontré con profundos abismos, más la vida benévola distrajo mi rumbo encauzándome en otros placeres para encontrar la razón de mi existencia.

ÉL: ¿Mi bella amante, podré enterarme de esos otros placeres donde encontraste la razón de tu bella existencia?

Ella: Uno de los placeres que disfruto es escribir… vaya que sí es un placer… Puedo volcar mis quejas, extirpar dolores, crear mundos, salvar sueños, robar sonrisas, enjugar lágrimas, jugar con mi imaginación, me deleito.

Él: ¡Ah! Éste podría ser el epitafio para escribirlo en el

mármol de tu sepultura poetisa irremediable. El mío podría decir: mirad al fondo de esta sepultura y veréis la obra de Dios convertida en fugaz estrella.

Ella: ¡Oh por Dios! Si en verdad me deleitas con tu pluma querido bardo de mis ensueños.

Él: Mi insigne escritora, conservas el encanto de esta exquisita prosa versificada, con tus palabras aladas que recibe este bardo lunático en el nicho de tu corazón, abierto siempre al amor y a esos placeres que crispan mi piel cuando estás quemando mis labios con tu fémino aliento de pasión…

Ella: Has traspasado la pasión por los poros de mi húmeda piel, con sólo repasar tus líneas que incitan a lo prohibido.

Él: Quiero profanar lo prohibido con el jadeo excitado de tus delicados pechos y con el agudo gemir de tus orgasmos largos e indefinidos.

Ella: Serán como la pintura plasmada en el óleo, donde se agudizarán los sentidos para poder sentirlos, porque es lo prohibido, que será imposible vivir.

Él: No hay nada imposible de vivir mi ardiente amada,

cuando los límites de la razón se rompen cual dique arrasado por el caudal de la pasión que calcina cada espacio de tu cuerpo y lubrica la insondable profundidad de tus entrañas dispuestas a albergar a tu delirante amante.

Ella: Será mi pluma testigo de tan sublime momento que dibujas con tus palabras y quiebran mi aliento, hacen temblar mi cuerpo, y derraman ríos raudos de pasión.

Él: Amada mía, si tu placer al escribir puede imaginarme en el torrente de tus pasiones escondidas, invítame a soñar a tu lado y amándonos llévame a la explosión de mis sentidos.